Murió Diego Maradona: ya lo venía pensando
- Mariano Colly

- 26 nov 2020
- 4 Min. de lectura

Ayer, 25 de noviembre, la vida de Diego Maradona dijo basta. Mejor dicho, su corazón se paró para siempre. Y yo, ya lo venía pensando. Desde el viernes pasado (20 de noviembre) pienso en Maradona. No porque haya conservado el fanatismo que todos alguna vez tuvimos sino porque en 1990, Toto, mi vecino de Munro, nos llevaba a festejar en su camión con el que trabajaba los dificultosos logros de la Selección de Bilardo durante el Mundial de Italia. Ese día, mi mamá (Graciela) me mandó un mensaje de voz por Whatsapp que decía “Nano, murió Toto”. Yo sabía de lo afectada que estaba su salud pero tampoco podía imaginar que parte de mi infancia también se iba ver perturbada por esa pérdida. Es que la muerte es justamente eso: una conexión inmediata con el pasado. En mi vida, Diego Maradona fue Italia 1990 y Estados Unidos 1994. Si bien en 1986 ya había nacido y recuerdo perfectamente que vimos la final de la Copa del Mundo en la casa de mis tíos Jorge y Alicia en San Fernando (mi primo Eduardo era chico y Fernando un bebé) para luego trasladarnos en la F-100 blanca de mi papá (Miguel) al Obelisco, el fútbol no era una pasión que se manifestaba. Siempre lo jugué horrible, por eso cuando se venían los compromisos fuertes con la pelota me alejaba. Pero en 1990 la cosa cambió. Sentía ya el deseo de entrar a un campo de juego. En Munro se pateaba mucho: en el potrero, en la calle, en el patio, donde sea. No se pensaba en la profesionalidad, solo en el juego y el divertimento. Recuerdo que estaba en cuarto grado cuando comenzó el mundial y la maestra (Carmen, la tengo presente porque era malísima) nos pidió que hagamos un dibujo de lo que nos dejaba el inicio de esa competencia. Argentina abría por ser campeón la totalidad de la copa y su rival era Camerún. Por esas cosas del destino, a Nery Pumpido se le escapa una pelota que hasta yo atajo hoy día y perdimos 1 a 0. Lloré. Claro que lloré. Quise calcar un poster que revista El Gráfico traía de Maradona y me fue imposible. También lloré por eso. Pero no sólo la actitud guerrera de Diego con un diagrama de juego que era un espanto me conmovió; apareció Sergio Javier Goycochea. Sí, el Goyco. En resumidas cuentas cuando terminó la Copa del Mundo yo sabía que quería ser arquero. Y así fue. Fui y soy arquero. Jugué en Unión de Munro y en Colegiales pero mi mayor logro deportivo fue con el Fortín de Munro, un equipo que formamos con camisetas rosa junto a Hernán, Gabrielito, Damián Díaz, Salatino, Actisperino y algún otro que no se me viene a la cabeza. En la plaza atajaba como nadie. Los torneos se jugaban los domingos. Temprano. Muy temprano. Mi viejo rezongaba porque me tenía que levantar temprano. Pero yo iba. Claro que iba. Me despertaba como si tuviera un resorte. Haga frío o calor. Ni importaba la temperatura. No había canales de noticias o celulares que te decían cómo estaba el día antes de levantar la persiana.
En 1994 la historia era otra. Seguí las eliminatorias del equipo del Coco Basile, las dos Copas Américas ganadas con un grupo nuevo, el repechaje con la vuelta de Diego y su preparación para la que iba a ser su colación deportiva. El fútbol era todo en mi vida. Todo. Desde los juegos del Family Game hasta las prácticas en el barrio contra el portón de casa que oficiaba de arco. No estoy acá para contar la historia deportiva de Maradona, todos saben lo que pasó en Norteamérica con Diego. Todo terminó ahí. Para mí terminó ahí. Y no por una moral que no tengo. Quizá la desilusión de una competencia que para mí estaba ganada llevó a que lentamente pierda el interés por el fanatismo que emana el deporte. Lo seguí y sigo practicando, pero de una manera más racional. Hoy, con la noticia de la muerte de Maradona y el sinfín de publicaciones que veo de gente famosa y desconocida en redes sociales prefiero refugiarme aquí para dejar algo escrito de lo que siento. Estoy convencido de que mi alejamiento con el fútbol de Diego comenzó en esa época, contemporánea también con mi formación musical y una adolescencia que afloraba. Cuando reconecté con la vida del astro, él ya no estaba dentro de una cancha de fútbol y a mí me tocó la dirección de un portal de noticias que muchas veces se metió de lleno en la vida íntima de la máxima figura deportiva del mundo. En una oportunidad conseguimos su teléfono y lo llamamos. ¡La puteada que nos rajó! En las últimas décadas Maradona fue objeto de noticia para mi cotidianeidad. Si bien me quedó su barrilete cósmico metido en la piel y se lo mostré a mi hijo como hicieron muchos padres, no pude sentirlo más como aquel ídolo de la infancia y la juventud. No voy a ponerme a escribir sobre las cosas que comparto y las que no con la filosofía maradoniana, todos somos distintos y de eso se trata la especie. A ciertas personas se las toma como ejemplo por la onda expansiva de sus comentarios y en esa somos responsables todos: emisores y receptores.
Por alguna coincidencia del destino hoy cuando pienso en Maradona también tengo en mi mente a ese hombre que nos cargaba a todos para pasear por las calles de Munro cuando éramos muy chicos. Por alguna coincidencia se fueron casi en la misma semana y resta seguir atesorando y memorando esa etapa de una vida que solo vuelve de a rato en recuerdos. Gracias infinitas, Toto. Gracias totales, Diego.
Por Mariano Colly











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