Me tocó convencer a Carlos Bianchi para que siga en Boca
- Mariano Colly

- 27 ene 2021
- 3 Min. de lectura

Creo que eran las 5. Al menos es la sensación que me quedó después del extenso encuentro que tuve con el Virrey. Era de noche, plena pandemia, estaba en la puerta de la Bombonera. Nunca en mi vida entré a la cancha de Boca. Por la forma que me movía era parte de la comisión directiva o tenía un cargo importante que desconozco por completo. En la puerta del estadio había un grupo grande de hinchas. Fuegos artificiales, banderas, humo, pocos barbijos, nada de protocolos. Carlos llegó medio camuflado en una camioneta Eco Sport blanca, igual a la de mis tíos Oscar y Susana. Lo veo, corro entre los simpatizantes y me subo. El primer recuerdo que tengo del encuentro es el olor a nuevo del vehículo. Ese aroma que dura poco y nada cuando tenés un auto nuevo pero querés que sea eterno.
“¡Hola, Carlos!”, le dije. “¿Qué hacés?”, me respondió sin gestos de enojo, fue una pregunta común de inicio de charla. De inmediato pensé: “¿Cómo convenzo a un tipo que tiene un auto más barato que el mío para que siga dirigiendo al equipo?”.
Yo me lo imaginaba a bordo de un Mercedes Benz o un coche de alta gama.
Bianchi salió de la zona de fuego y condujo hacia un lugar más tranquilo. Yo atiné a decirle con el convencimiento de aquel que sabe de lo que habla: “¡A Pavón dejalo ir pero Almendra es un jugadorazo, tenés que convencerlo para que se quede!”. “¿Y cómo hago?”, respondió abatido. “¡Llamalo, sos Carlos Bianchi!”, fue la frase que usé para darle valor y ganar parte del partido que fui a disputar. Durante el viaje fue la única charla que tuvimos. No recuerdo haber hablado de otra cosa. El trayecto fue muy corto para la distancia que divide la cancha de mi casa. Porque, acto seguido, Carlos y yo estábamos en la cocina de mi casa. “¿Cuándo tenés sol en el jardín por la orientación de la casa?”, preguntó y me descolocó por completo. Tengo claro cómo pega el sol en el jardín pero lo que no tenía tan claro era que nuestro encuentro iba a tener poco y nada de fútbol. Bianchi me pidió una escalera para asomarse por la ventana de la cocina que da directamente al jardín. Quería mirar por arriba de la mesada pero era muy bajo. Yo lo pensaba alto, de mi estatura, 1.85, pero no, cuando conversábamos tenía que mirar un poco para abajo. Se asomó y comprobó que el sol pegaba fuerte de tarde en el jardín aunque era de noche, todavía no había amanecido.
Nos dimos vuelta cuando el cuchicheo de los niños se hizo fuerte en el ambiente donde estábamos. Mi mamá (Graciela) le hablaba a mi hija menor, Isabella, y mi esposa (Cintia) le decía algo al uno de mis sobrinos, Lucas, que como siempre iba dos cambios más arriba que el resto. Cuando hicieron un poco de silencio, las miré y les hice un gesto con mi cabeza para que se den cuenta que estaba con Carlos Bianchi. Mi vieja no se dio por aludida. Cintia, en cambio, fue más respetuosa con la situación y expresó algo de admiración por la figura que nos visitaba.
“¡Es Carlos Bianchi, dos veces campeón del mundo!”, resalté y en la mitad de mi frase él metió un “¡tres!”. “¡Claro, no me acordaba de tu título con Vélez!”, repliqué con la idea de persuadirlo para que piense que sabía un montonazo de fútbol.
Recuerdo que en ese momento lo miré a la cara y era él. Vi su rostro con claridad. Lo tengo visto por la televisión. Jamás lo vi en persona.
El salto que se produce en la escena después incluye nuestra llegada a un hotel donde aparentemente concentraban los jugadores y se me mezcla con una mirada de reojo al reloj del celular que estaba programado a las 6 para ir a correr temprano y ganarle al calor.
El final tiene una frase que cuando la repito aún me genera engreimiento. Bianchi, sentado en la Eco Sport blanca igual a la de mis tíos, estacionados en la puerta del hotel donde concentraba el equipo y antes de que yo me baje, me palmeó el hombro y me apuntó: “Deciles que sigo un año más y con el mismo arreglo de guita del año pasado”.
No pude hablar con los dirigentes, después de eso, sonó el despertador, me levanté, fui a correr y durante los kilómetros que hice me la pasé recapacitando si escribía o no sobre el día que convencí a Carlos Bianchi para que siga en Boca.
Por Mariano Colly



Comentarios